Tras repostar y pagar el combustible, Paco arrancó el coche y lo condujo hacia el lateral de la estación de servicio de la autovía, que estaba a cinco kilómetros del pueblo a donde había ido a pasar las vacaciones de verano. Allí empezó a besar y a toquetear a su novia la cual intentaba zafarse de sus manos, que recorrían como tentáculos sus pechos y su trasero.
—¡Paco! ¡Que nos van a ver, hombre!
—Es que me pones a cien. Y tengo unas ganas de comerte enterita...
—Ya. Pero mejor nos vamos a otro sitio en donde no nos vean.
—Mira que eres puritana, chica...
—Mira que eres puritana, chica...
Amelia se apartó de su novio y comenzó a refunfuñar mientras se recolocaba el sostén:
—Me da igual cómo me llames. Si no vamos a otro sitio, se acaba el mambo.
—Hija, qué carácter —protestó él—. ¿Qué te parece si vamos al cuarto de baño de la gasolinera? Está justo detrás y por allí no pasa casi nadie.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Pues porque es donde llevan mis amigos a sus ligues y me tienen bien informado.
—Ya... Seguro que habrás sido tú el que se ha llevado ligues allí.
—¡Que no, boba! Anda, sal del coche y ven conmigo.
—Hija, qué carácter —protestó él—. ¿Qué te parece si vamos al cuarto de baño de la gasolinera? Está justo detrás y por allí no pasa casi nadie.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Pues porque es donde llevan mis amigos a sus ligues y me tienen bien informado.
—Ya... Seguro que habrás sido tú el que se ha llevado ligues allí.
—¡Que no, boba! Anda, sal del coche y ven conmigo.
Ambos se dirigieron hacia la parte posterior del edificio. Nada más cruzar la puerta, Paco comenzó a besar el cuello de Amelia a la vez que desabrochaba el botón superior de su blusa. Ella, reticente, se empeñaba en esconderse aún más de posibles miradas ajenas:
—Paco, mejor entramos ahí, donde está el inodoro.
El chico, que no salía de su asombro, acabó cediendo a los requerimientos de su novia. Tras empujar la puerta, que estaba semiabierta, ambos se dieron un gran susto. En el interior estaba una anciana dormitando sentada sobre el sanitario con la falda y la combinación remangadas y las bragas bajadas hasta los tobillos.
—Abuela... ¡Abuela! —dijo el chico mientras zarandeaba con la diestra uno de sus hombros—. ¿Está usted bien?
La anciana se despertó asustada. Amelia se agachó y sujetó sus manos para tranquilizarla:
—¿Cuánto tiempo lleva aquí, señora?
—Abuela... ¡Abuela! —dijo el chico mientras zarandeaba con la diestra uno de sus hombros—. ¿Está usted bien?
La anciana se despertó asustada. Amelia se agachó y sujetó sus manos para tranquilizarla:
—¿Cuánto tiempo lleva aquí, señora?
—No lo sé —balbuceó medio adormilada y aturdida.
—¿Pero ha llegado sola o le ha acompañado alguien? —insistió en averiguar la chica.
—Pues me han traído mi hija y mi yerno —respondió algo más despierta—. Hemos parado un momentito para estirar las piernas antes de proseguir el viaje a la playa y, como me entraron ganas de orinar...
—¿Y ahora dónde están?
— No lo sé. Me han dicho lo mismo que dicen en la tele cuando ponen los anuncios: "volvemos en seis minutos".
_______________________

